martes, 8 de mayo de 2012

"¿Cómo va la Antología?"

Carolina Espinosa

A estos artículos ya les estaba dando sus últimos toques cuando surgió todo lo que nos distrajo de ella. Ahora sólo les estoy dando una última leída, modificaciones y cambios en el formato (cosas que no tuve contempladas hasta que conocí los aspectos del proceso en el caso de El Retorno de los Comunes). Lo único que me acuerdo que hacía falta, era la información de las referencias bibliográficas de cada artículo (algunos no tenían, algunos las tenían incompletas) y decidir en qué formato van (ahora estoy precisamente volviéndome a fijar en todo esto). Esto es lo que hace falta.
            Le escribiría, pero creo que la verdadera pregunta es: “¿Por qué no te has comunicado con A.[1]?”.  Aunque parece que entre mi jefe y yo hablamos diferentes idiomas, creo poder diferenciar entre cuando explica y pregunta. No como quien no sabe cuando voy a entender o cuando ya entendí. No sé si con esto esté diciendo que conmigo se comunica como quien no entiende lo que el otro sí habla dos idiomas. O sea, no.
            Ahora está en las Europas. Probablemente bebiendo agua al lado de alguna bella fuente, mientras yo me emborracho con mi botella de vino en (casi) Iztacalco. Probablemente no esté haciendo eso, pero también probablemente no le interese tanto estar tan al tanto. Quizá en el fondo confía en mí. La verdad es que creo habérmelo ganado. Tuve mis grandes fallas, así como ahora tengo la gran oportunidad de ausentarme un rato[2]. Quizá eso lo haga dudar, mis primeras grandes fallas, que así como primeras, fueron contundentes y marcaron aquel apenas esbozado juicio que hasta el momento había formado. Con el tiempo se fue dando cuenta de que hago las cosas mejor que medianamente bien. O algo así.
En fin, el libro va bien. Efectivamente, ya lo había terminado de corregir. En aquél tiempo no había sido tan buena correctora (práctica, nunca teórica) como lo fui en El Retorno de los Comunes[3], pero ahora que ya tengo la experiencia, estoy dando los últimos toques. Digo, como para que alguien note algo.



[1] Co-editor (?).
[2] Permiso que me dio.
[3] C.L.B. (coord.), México, Fractal-CONACULTA, 2011.




Pd. Cuando una duerme sola en cama matrimonial, si duerme en medio, no tiene en dónde dejar la copa, salud.

lunes, 7 de mayo de 2012

Conceptos/nociones/categorías/voces

Sus discusiones me tienen ocupada la cabeza y ni siquiera ésa era su intención. Me imagino que lo que preocupa a los historiadores latinoamericanos es dar cuenta cabal de la historia hispanoamericana y que al hacerlo logren interesar a la gente con los resultados de sus estudios. Imagino que Annick Lempériѐre estará más preocupada por la historia política iberoamericana, Manuel Miño Grijalva intentará ampliar los conocimientos existentes sobre la historia económica y Ricardo Levene tratará de enunciar al respecto de la historia jurídica, mientras ninguno tendrá por qué distraerse más al andarse enredando en las discusiones que en este momento ocupan mi cabeza.
            Las problemáticas formales y metodológicas no dejarán de surgir, así como tampoco las nuevas revelaciones históricas, y cada una de ellas debiera aparecer no para ensombrecer las versiones anteriores, sino para entablar con ellas diálogos de los que surjan nuevas problemáticas y posibilidades para solventarlas. Es evidentemente importante que los historiadores se pregunten sobre las potencialidades de los conceptos que eligen y la forma en la que los articulan para poder enunciar exactamente aquel conocimiento que pretenden sea aprehendido por los demás. Hay que distraerse de las inquietudes personales para poder definir los conceptos, nociones, categorías o voces, que nos llevarán a articular discursos claros o precisos. La elección de cada autor responde a sus inquietudes, sus metodologías, sus perspectivas, sus conclusiones. La elección que en general se acuerde, responde a límites arbitrarios y artificiales que ayudarán a la consideración histórica, ¿pero también a su comprensión? Conviene acordar que América Latina se llamará América Latina a pesar de que a veces sea más considerada como “la mal llamada América Latina”. Al final, por América Latina todos entenderán a lo que se refiere. Si hubiere alguien a cuyo discurso conviniera más llamarla Hispanoamérica, tal elección tendría que verse aclarada y bien aprovechada. Cuando al lector se le exponen razonables argumentos, éste es capaz de entender y de entrar en el juego de conceptos, nociones, categorías o voces que el autor entreteje en función de los pretendidos fines.
            Tales elecciones son las que debieran ampliar nuestros parámetros en vez de arrinconarnos en incertidumbres, en infinitas discusiones que aspiran a totalizar formas y discursos.
Ricardo Levene     
Levene era el presidente de la Academia Nacional de la Historia Argentina cuando ésta publicó una declaración sobre la correcta denominación de colonial:
Como un homenaje a la verdad histórica, corresponde establecer el verdadero alcance de la calificación o denominación de “colonial”, a un periodo de nuestra Historia. Se llama comúnmente el periodo colonial de la Historia Argentina a la época de la dominación española (dominación que es señorío o imperio que tiene sobre un territorio el que ejerce la soberanía), aceptándose y transmitiéndose como hábito aquella calificación de colonial, forma de caracterizar una etapa de nuestra historia, durante la cual estos dominios no fueron colonias o factorías, propiamente dichas.[1]
            Levene reflexiona acerca de la manera en que se ha venido nombrando a la historia desde el siglo XVI y hasta las independencias. Reconoce que existe un término que logra referir a esa etapa en específico, y se preocupa de que tal concepto no merezca ser el que precisamente aluda a este periodo.
Pretender uniformar las concepciones sirve para eso, para aludir a cierto algo específico en el tiempo y espacio, si además tales conceptos pretenden dar concreta explicación de la diversidad de situaciones que al interior de estos límites se dieron, perderíamos de vista las múltiples posibilidades que alimenten una reflexión que podría extenderse hacia nuevos comunes acuerdos.
La preocupación de Ricardo Levene representa su punto de vista como historiador de lo jurídico. Levene se basó en la documentación que legalmente le atribuía a las posesiones españolas de ultramar el carácter de “Provincias, Reinos, Señoríos, Repúblicas o territorios de Islas y Tierra Firme incorporados a la Corona de Castilla y León”. Teóricamente había una igualdad legal entre Castilla y las Indias, “amplio concepto que abarca la jerarquía y dignidad de sus instituciones […,] como el reconocimiento de iguales derechos a sus naturales y la potestad legislativa de las autoridades de Indias”[2]. Jurídicamente es muy valioso considerar el dato sobre los conceptos que legalmente determinan, sin embargo, todo lo demás que pasa de facto, al seguir estrictamente lo que de jure “es”, se pierde y se corre el riesgo de que la comprensión histórica tome giros que no dan luz, sino que confunden.
Pareciera que Levene está consciente de esta problemática, entre lo que se nombra como tal pero de hecho no es, por lo que sólo se atreve a sugerir, “respetando la libertad de opinión y de ideas históricas”, que en lo sucesivo eviten llamar “colonial” a un periodo que mejor se expresa en la vaga noción de “periodo de la dominación y civilización española”[3].        
            De haber sido seriamente considerada su opinión, no estarían autores como Lempériѐre y Miño Grijalva (2004 y 2009, respectivamente) escribiendo sobre “el paradigma colonial”. Incluso, en su momento, a Levene llegaron críticas de historiadores que consideraban innecesario adoptar conceptos que específicamente sirvieran para hacer referencia a un periodo de tiempo en extremo variable. Que en vez de hablar de periodo de dominación española o colonias, hablaron de virreinatos. Que defendieron el “fuero mental de cada historiador [para] establecer la denominación o clasificación de cada periodo” según sus preferencias y pruebas documentales[4], y yo diría, a favor de cada discurso.
            Incluso en este momento se puede leer la misma preocupación por descifrar la correcta forma de nombrar la Historia en el título del séptimo capítulo de la Nueva Historia general de México[5]: “¿Reinos o colonias? Nueva España, 1750-1804”[6].
            Si en su momento se le hubiera concedido a Levene su deseo de uniformar la manera de expresarse sobre lo que en América sucedía con respecto a España desde el siglo XVI y hasta el XVIII, se hubieran callado las voces de quienes desde sus perspectivas alimentan el vocabulario histórico con sus inquietudes, descubrimientos y reflexiones. La importancia de la discusión entre “Reino o colonias” ubicada al final del periodo de la dominación española, sirve para justamente conceder la debida atención a las discusiones que en su momento detonaron la reflexión al respecto de la soberanía, la autonomía, la ciudadanía o patria a la que los americanos debían o no someterse. Es una de las causas que provocaron los cambios que después se dieron y no sólo una forma de llamar a un momento específico de la historia.
            Para eso deben servirnos los conceptos, nociones, categorías y voces, si bien deben ayudarnos a nombrar, no deben anularse entre sí, evitando nuevos planteamientos que no sólo sirven para describir momentos específicos, sino para entender lo complejo de las variables. Así como no hay una verdad exclusiva, tampoco se debe aspirar a encontrar conceptos que exclusivamente hablen sobre ciertos temas.
Manuel Miño Grijalva
Miño Grijalva parece entender mejor esto:
El problema […] resulta más anticuado de lo que pensamos, dada la preeminencia del dato jurídico e institucional –reivindicado como novedad- sobre lo que en la realidad los procesos económicos y políticos significaron en el contexto de la emergencia del absolutismo y la constitución del sistema económico mundial.[7]
            Desde la evidente perspectiva de la historia económica, Miño Grijalva responde a Lempériѐre acerca del paradigma colonial. Aunque considera que el concepto “Antiguo Régimen” es correcto en relación a lo político e institucional, “deja de lado buena parte de la realidad material y olvida el intenso proceso de formación de la economía colonial en un contexto de subordinación”[8].
            El texto de Lempériѐre es un llamado a la preocupación que los historiadores deben tener ante los conceptos, nociones, categorías o voces que eligen para exponer el resultado de sus estudios. Lempériѐre habla sobre el camino que históricamente ha recorrido el concepto de “colonia”/“colonial”, haciéndonos ver los probables errores de interpretación en los que se puede caer y por los que cada quien debiera detenerse a hacer una clara reflexión sobre el nombre que le va a dar a cada cosa y las razones para hacerlo. Al final elige, desde la perspectiva de la historia política, utilizar el término de “Antiguo Régimen”,  sin desechar las demás nociones.
            Da la sensación de que Miño Grijalva responde enojado al atrevimiento de no haber elegido llamar “colonia”/“colonial” a lo que él así prefiere nombrar, porque así conviene a la exposición de su historia económica. Ofrece cantidad de argumentos que respaldan su opinión, pero parece no darse cuenta de que esos argumentos sólo deben formularse para respaldar su punto de vista y no para enfrentarse a las nociones de otros historiadores. Lo que a Lempériѐre resulta útil para expresar las conclusiones de sus estudios no tiene nunca que ser lo mismo que le resulte útil a los demás historiadores. Hay mil maneras de exponer las cosas, asuntos en los cuales fijarse, conclusiones a las que llegar. La discusión debería estar centrada en las conclusiones a las que los historiadores llegan y no a la forma en que exponen su tema. Sólo así las diferentes nociones pueden entablar diálogos que den nuevas luces alrededor de los temas enmarcados en tiempos y espacios artificiales, pero nunca arbitrarios.
            Ante el establecimiento de un lenguaje determinado para la exposición de los eventos históricos, la posibilidad de reflexión se reduce a saberse de memoria el término que en total describe, en lugar de considerar el enramado de posibilidades que en común explican mejor lo que en “términos” se petrifica.   
Annick Lempériѐre
Mientras Ricardo Levene intenta argumentar a favor del correcto nombre que entre los historiadores deben adoptar para no referirse erróneamente a ninguna época y Manuel Miño Grijalva ofrece razonamientos que correctamente defienden la opción que a él mejor convienen, Annick Lempériѐre deja abierta la posibilidad de que se ocupe cualquier forma de nombrar, a cambio de que el historiador se tome la molestia de ser crítico al respecto:
Apartar cualquier sistema de valor de nuestra reflexión y cualquier valoración de nuestros objetos de estudio, en provecho de una actitud comprehensiva –lo cual no significa empática o simpatizante- frente al pasado.[9] 
Pareciera que Lempériѐre deja demasiado espacio a lo que sea y tal llega a ser motivo de discusión entre los necios historiadores. Sin embargo, no habrá conclusión razonable a la que se llegue porque quién se atrevería a definir exactamente cuál concepto, noción, categoría o voz se va a utilizar para, de ahora en adelante, todos hablar de lo mismo cuando se hable de “colonia”, “Antiguo Régimen” o “período de la dominación y civilización española”. O quién desearía colocar su perspectiva como la única válida u objetiva para nombrar lo que en realidad tiene que ser una discusión constante, y no por ello, una discusión agobiante que no nos dé para concluir satisfactoriamente. A esta discusión se abre Lempériѐre cuando escribe al respecto, por ello es que no concluye invitando a todo historiador u hombre informado a hablar de “Antiguo Régimen” cuando de ahora en adelante se quieran tratar temas que entren dentro del periodo comprendido entre los siglos XVI y XVIII de la historia hispanoamericana. No se puede llegar a concluir así, ser totalitario con las afirmaciones que se enuncian, pretendiendo callar a otras voces con las que resultaría más fructífero conversar que anular.
Levene y Miño Grijalva anulan esas otras voces. En el caso de Levene, comprendo que debe existir un término con el que en común acuerdo se nombre a lo comprendido entre el XVI y las independencias para que fácilmente, el hombre informado, pueda saber de qué se habla cuando se dice del “período de la dominación y civilización española”. Miño Grijalva está en todo su derecho de preferir seguir hablando de lo “colonial”, y en la reflexión de su discurso, cada uno de nosotros, historiadores o lectores, debemos sumar a nuestros conocimientos los conceptos que mejor nos expliquen aquello que jurídica, económica y políticamente comprende un largo periodo de tiempo en donde las perspectivas se multiplican gracias a los tantos puntos de vista que dialogan desde su lugar y momento histórico con los historiadores que en sus presentes utilizan conceptos, nociones, categorías y voces que pretenden explicar, mas no ser la voz de una verdad histórica inmutable.
¿Por qué tendría que haber problemas con el paradigma?
Los conceptos, nociones, categorías o voces son los que en conjunto deben lograr transmitir un discurso preciso. No son ellos los que deban de resultar claros, exactos o invariables para nombrar, sino los que en suma tendrán que formar un mensaje que, en su elaboración, logrará o no comunicar las conclusiones de los estudios de cada autor. Aquí es donde tenemos que ser críticos, con las conclusiones que se enuncian y las fuentes y reflexiones que acompañan a cada conclusión y no con la manera de enunciarlas. Las cosas se pueden decir de la manera que sea, siempre y cuando lo que se diga vaya acompañado de una investigación y reflexión que nos convenzan de certezas que nos ayuden a ampliar nuestros conocimientos históricos. Certezas y no verdades que nos limiten a sólo creer en lo que cierto razonamiento, corriente o concepto pueda encerrar. El diálogo entre los asuntos de lo histórico debe seguir dando al público posibilidades que inquieten y generen nuevos conocimientos.
            Si en 1973 nos hubiéramos conformado con lo dicho por el presidente de la Academia Nacional de la Historia Argentina, la discusión no hubiera nunca evolucionado a las consideraciones que en el 2010, en la Nueva Historia general de México, se hacen al respecto de lo que no es ni Reino ni Colonia, sino perspectivas que a los actores de la historia ayudan para provocar los complejos cambios históricos.   
                La Historia no dejará de ser por los nombres con los que nosotros osemos llamarla. El estatus jurídico de los Reinos no anulará las evidentes prácticas económicas que nos obligan a enunciar lo “colonial”, ni la continuación de una forma de organización política y social que hace referencia al “Antiguo Régimen”. El conocimiento de estas variables hace posible el surgimiento de la reflexión en la cabeza de todo interesado y razonable lector y amplia su comprensión sobre un periodo de tiempo y espacio que es variable, más no indescifrable.
            ¿Cuán cabal puede llegar a ser alguien que pretende encerrar en “términos” lo acontecido durante el transcurso de 300 años y en amplios territorios? Los conceptos deberían quedar abiertos, entender que no son en sí mismos explicación de nada, sino recursos para explicar un todo demasiado complejo. Lo único que logran al establecer palabras que pretenden referir lo histórico fácil y rápidamente, es que la comprensión se reduzca a meras palabras y entonces se hable de “arte colonial”, “herencia colonia” y “colonialismo” como si se hablara de lo mismo.     
            En esto radica la discusión que debe hacer cada historiador antes de elegir las formas en las que va a enunciar su mensaje. Siendo responsable de la forma en que está exponiendo los frutos de una investigación y reflexión igualmente responsables. No se podría objetar ante lo expuesto, sobre la forma de referirse a lo que se habla, si en su congruencia verdaderamente se expresan las nociones que desean expresarse. No son las palabras las que den veracidad al discurso, sino las preguntas que el historiador se haga, los métodos con los que cuestiona a las fuentes y la clara exposición de sus resultados lo que forma parte de su respetable labor.
            Opino que la Historia es para conocerse, que no saberse, reflexionarse, que no pretender entender, y darla a desear, que no definitivamente explicar. Lo que categóricamente se expresa, anula las demás posibilidades, no admite variables, pretende verdades y siempre se queda corto. Es aquí cuando los términos se cosifican y dejan de expresar para quedarse atrapados en los límites de sí mismos.
            Cuando Lempériѐre habla sobre apartarnos de cualquier sistema de valor en nuestra reflexión, se olvida de que las opciones elegidas para enunciar no son inocentes. No podemos despojarnos de nuestras perspectivas, hacer como que enunciamos desde y hacia lo neutral. En este caso, el que debe tener cuidado de no caer en enredos históricos es el lector, quien tiene la responsabilidad de considerar el lugar desde donde el autor escribe y calificar, en base a ello, las conclusiones a las que llega el historiador. Si a mí como historiadora me sirve más hablar de “virreinatos” en vez de “colonias” o “reinos”, también me sirve explicar el por qué de mi elección y, en el caso de no hacerlo, al lector le ayudará a entender mi punto al considerar que mi elección va en función de las conclusiones a las que pretendo llegar. Lempériѐre no puede lograr despojarnos de nuestras valoraciones, pero sí convencernos de la importancia de especificar las razones por las que consideramos mejor utilizar ciertos conceptos en lugar de otros.
            Nunca nada de lo enunciado en la historiografía ha resultado tan contundente o inapelable para lograr el silencio de las voces. Los tres autores aluden a la necesidad de la claridad en el discurso, pero a tal no se llega sólo con la uniformidad de los conceptos, al contrario, el enfrentamiento, contraposición, comparación, conjugación, relación, continuación y demás entramados logran ampliar panoramas en vez de arrinconarnos en incertidumbres. El mismo lector llega a enfrentarse a la historia con su propia dotación de significantes y significados y se dejará o no seducir por lo establecido por el historiador dependiendo de la astucia de éste y no de su necedad.  


[1] Las Indias no eran colonias, Madrid, Espasa-Calpe, 1973: 161.
[2] Ibíd.: 162.
[3] Ibíd.: 162-163.
[4] Ibíd.: 9, 163-164.
[5] Cuya primera reimpresión es del 2011, Erik Velásquez García [et al.,] México, El Colegio de México, 2010.
[6] De Dorothy Tanck de Estrada y Carlos Marichal, ibíd.: 307-353. Nótese que no abarca desde el siglo XVI y que engloba más las problemáticas vividas en la transición hacia la vida independiente, que la “dominación” española.
[7] “De colonia y Antiguo Régimen: Dos conceptos en cuestión”, en María Concepción Gavira (coord.),  América Latina: entre discursos y prácticas, Morelia, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, 2009: 49-79: 49-50.
[8] Ibíd.: 53.
[9] “El paradigma colonial en la historiografía latinoamericanista”, en Istor, año V, no. 14, invierno, 2004: 107-128: 114.

lunes, 26 de marzo de 2012

Despertar de ti

Corrí como si hubiera tenido que tener miedo de algo. A cada gran paso caída en charco. Pasos huyendo del viento, otros de gotas de lluvia que empezaban por donde venía y me sorprendían a donde llegaba. Todavía encontré a vecinos apresurándose a guardar sus cosas en casa. Ellos reían, pero a mí esta clase de tormentas no me agradan, me traen todas las sospechas que durante días soleados quedan resguardadas. Así entonces llueve por todos lados, de arriba para abajo, de un lado para otro y de adentro hacia afuera, provocando remolinos que empapan aunque sólo se salga por unos minutos y se regrese más pronto a casa de lo que costó haberse preparado para salir. Todo mojado; chanclas, short, camisa, suéter, cabello y si hubiera traído más ropa, más ropa nombraba.

El día no sólo se atardece mientras nosotros andamos teniendo nuestras mejores pesadillas. Culpo a los truenos de haberme despertado, al viento que hacía golpear al candado contra la puerta y a los vecinos que, dando sus propios grandes pasos, corrían porque ya tomaban precauciones que sólo a los despiertos da tiempo de tomar. El regreso a casa es tanta agua y algo de respiración agitada, ligeros pasos por culpa de impredecibles circunstancias provocan ruido suficiente para despertarlo, pero no para mantenerlo así.

Quise ver desde la comodidad la lluvia, se molestó porque él todavía quería dormir. Y es que aunque es tanta y empaña y el día ya andaba medio atardecido, entraba toda la luz que a mí me hace siempre falta para pensarme segura, despierta, abierta, fresca de espacio pronunciado con indiferencia de la lluvia hacia afuera. Tengo todo allá mientras con serenidad puedo permanecer aquí adentro. Tal me basta, pero de repente tengo que verlo para seguírmela creyendo. Amor no te despertaré, amor sólo será una esquinita de luz la que inunde nuestra cama.

martes, 22 de noviembre de 2011

Aunque quisiera sospechar, sólo imagino

Acabando de leer, y es impresionante. Todo el tiempo delante de ti, los libros permanecen en un silencio parecido al que guarda el que más. Una no se imagina, y uno tampoco, cuánto nos estamos perdiendo al sólo pasar delante de ellos. Contentándonos con tenerlos ahí. Verlos ahí consuela, pero no tenemos idea de que tal consuelo puede gratificantemente impresionar, ilustrar, desenvolver nuestras más intensas inquietudes, ésas que también calladas permanecían, mudas hasta que a libro abierto se detonan, no se pueden controlar.

Así estando y tratando de ordenar, reflexionar, desarrollar y escribir, llega el amor de mi vida a preguntarme qué estoy haciendo. Yo no simulo nada, al contrario, no hay por qué. Mi posición era la más complicada, pero no la menos explicable o entendible; Sobre la cama, con papeles impresos apilados por un lado, otros tantos guardados en una bolsa de plástico transparente, unos acabados de leer, acabados de desordenar, pluma, marcador, cuaderno, computadora, audífonos sobre cama bien tendida por la parte por donde cotidianamente descansan los pies y mal tendida por donde a las almohadas se recurre, yo cansada de todas las posiciones, pero atenta e impresionada por todo lo que en libro (o fotocopias de libros) estaba encontrando, permanecía hincada, una rodilla sobre la cama, la otra flotando y manteniendo un pie indistinto al aire, con una mano en la página en cuestión, otra con la pluma casi metida en la boca, lentes puestos, mirada clavada cual la que no tiene miedo de perder el equilibrio, pues sabe que si cae lo hará en entendido. No me imagino qué otra cosa pudo haber imaginado que yo estaba haciendo como para formular la duda, pero está bien, acepto que puede sorprender, y acepto el tener que ofrecer una respuesta que no sólo le resulte satisfactoria, sino que también logre contagiar a mi amor del entusiasmo que tal desorden sobre la cama me está generando.

Aunque así quise, así no fue. No hizo falta más de un segundo para que me diera cuenta de que en realidad, a él no le interesaba para nada ni lo que yo estaba leyendo, ni lo que me estaba haciendo reflexionar, ni la excitación que por ello estaba sintiendo, ni la inquietud que en mí estaba generando, ni lo que a partir de ello estaba deseando, ni si mis deseos encontrarían hilos negros, detuvieran abusos, cambiaran vidas, generaran fuerzas, produjeran interrogantes o hicieran reír a cualquiera. Nada de esto era importante. A él le parecía sospechoso. Él desconfiaba antes de tener un genuino interés por lo que a mí me llamaba tanto la atención.

Nada respondí, ni siquiera volteé. Nada necesitaba responder. En realidad, y a ojos de cualquiera, no estaba haciendo nada. Puede que la posición no fuera la más común, pero no considero que tal pudiera ser motivo para sentirse amenazado. Creo que para llegar a ella había recientemente movido mi corporalidad entera y, aunque mantenido toda mi atención en aquella, en cuestión, página, creo que tal movimiento, que tampoco era normal, fue lo que le hizo sospechar. Creo, sólo creo, supongo, adivino, nunca sospecho, que pensó que estaba haciendo cualquier otra cosa y que había dejado de hacerla para entonces sí ponerme a leer o ponerme a aparentar que leía, para que en el momento en el que él abriera intempestivamente la puerta, pudiera enterarse de que sólo hacía eso de lo que nunca nadie pudiera desconfiar (o no en estos días).

Si a sus dudas hubiera contestado: “estoy leyendo algo padrísimo (y es que así de coloquialmente tengo que dirigirme a él) sobre la sociedad mexicana en el siglo XVII, sobre los intereses que tenían los colonos españoles, los grandes empresarios que junto con los criollos y los miembros del clero secular, creían que era necesario favorecer la disolución de los pueblos de indios, pues en ellos, los indios estaban siendo sometidos a los atropellos de los corruptos miembros de las autoridades gubernamentales, al maltrato de los señores naturales y al mantenimiento de la buena vida de los frailes mendicantes…” él hubiera dejado de poner atención en el momento en el que yo mencionara “siglo XVII”.

Esto no me lo estoy imaginando, esto lo comprobé minutos después. Minutos después, después de que nada respondí y que insatisfecho quedó con mi no respuesta, pero en silencio por no poder objetarme nada, me asomé a la sala para que en cuanto tuviera un minuto, de entre los minutos que imagino dedica a alimentar un espíritu tan inquieto como el mío, pudiera compartirle de mi placer: “estoy leyendo algo muy interesante (ya reflexionando sobre la posible forma de transmitírselo) sobre la colonia”. Él interrumpe, “sobre la colonia viaducto-piedad?”, me bromea. “Sí, sobre los chismes de todos los vecinos”, me conformo.

No me solté a carcajadas, no me solté a llorar, no me sorprendió, no me desilusionó, pero no esperaba tan poco de él. Hace poco, ya no sé si segundos o minutos, llegó a plantearme su preocupación por la falta de comunicación que entre ambos sentía. Decía que sobre temas superficiales podíamos manejarnos perfectamente, pero que cuando se trataba de lidiar con problemáticas más profundas, algo entre nosotros pasaba que en discusiones siempre terminábamos. Él seguía refiriéndose a sus sospechas, yo sólo pude pensar en horas antes. Horas antes, mientras yo lavaba los platos y él se disponía a preparar una sopa campbell´s*, yo reaccioné con cierto asco al ver y oler el contenido de su lata mientras él lo notó. Para aclarar la mueca, le conté que alguna vez tuve que hacer uso del contenido de varias latas de campbell´s para simular una vomitada y que, a partir de ello, no podía dejar de pensar en lo que en aquellos tiempos pretendí simular, aunque había consumido veces después sopas campbell´s. Él respondió “pues ya supéralo”.

Yo no imagino cuántas veces él habrá simulado vomitadas con sopas o visto que la gente hace uso de ellas para hacer de cuenta que alguien vomitó. Yo no creo, no supongo, no adivino y hasta no sospecho que él haya tenido referencia anterior sobre casos semejantes al que horas antes le comentaba. Intencionalmente y sólo porque poseo una creatividad e inteligencia con sencilla pero evidente relevancia, le platiqué al respecto tratando de motivar su curiosidad por un caso cuya probabilidad de suceder es poca y cuyo contexto pudiera resultar llamativo para el tipo de cosas que a él interesan, simples, cotidianas, superficiales (si así lo quiere), deseando que el comentario pudiera convertirse en dichosa plática.

Así no fue, así no quiso que fuera. Superficialidades. No necesitaba enterarse de nada, es una historia interesante pero nada relevante, nada profunda, nada que cambie su opinión sobre mí o mis talentos para hacer de sopas, vomitadas. A mí sí me entristeció, no lloré, no me sorprendió, pero sí me desilusioné, pues opino lo mismo: sí tenemos problemas de comunicación y éstos también tienen que ver con cosas superficiales.

En general, no soy una mujer parlanchina, sino todo lo contrario. De hablar no sé mucho, espero que (por su bien) de escribir sí, pero de hablar, definitivamente NO. Temas, formas, tonos, volumen, cadencia, ritmo, intencionalidad, fines, argumentos, exclamaciones, etc., todo lo que diciéndose se expresa, no lo manejo. Iniciar una conversación de la nada es, de entre todas las cosas del mundo, la más complicada, antes podría aprender a respirar bajo del agua. Continuar con una conversación iniciada por alguien más es un poco más fácil, pero no… de verdad, no lo logro. A la gente con la que converso, la tengo que haber conocido desde hace tiempo y tuve con ellos que haber entablado cierta confianza para, entonces sí, poder decir, poder exigirme la naturalidad para hacerlo.

Así de difícil no puede ser con el amor de mi vida, y así de difícil no lo suponía, pero el interlocutor debe por lo menos simular interés para que una conversación funcione. Si de la nada me es imposible, hacia la nada, también.

Horas antes fue sobre sopas, minutos después sobre la Historia que me apasiona y segundos hace sobre la imposibilidad entre nosotros y sus consecuentes discusiones. Justo ahora está en el sofá, pues al querer hablar sobre nuestra falta de comunicación, terminamos peleando, de nuevo.



* Derechos irrelevantes.